¡A propósito del Mundial! 

Cada cuatro años, el Mundial de fútbol nos recuerda que el planeta también se organiza alrededor de emociones compartidas. Durante unas semanas, las fronteras no desaparecen, aunque se difuminan, las banderas narran historias; los himnos dejan de ser protocolo y se sienten como una oda de pertenencia. El fútbol, con todas sus contradicciones, es uno de los pocos lenguajes verdaderamente universales. Lo entiende el niño que juega en una cancha de barrio, el migrante que sigue a su selección desde lejos y la familia que se reúne frente al televisor para sentir que el país respira al mismo ritmo.

El Mundial es una competencia deportiva, y un acontecimiento geopolítico, cultural y simbólico. Toni Padilla, historiador y periodista español, en su libro “El historiador en el estadio”, recuerda que el fútbol nunca ha estado separado de la historia ni de la política: en los estadios habitan banderas, himnos, escudos, cantos, heridas sociales y relatos de nación. Detrás de cada camiseta hay una comunidad que se reconoce; detrás de cada gol, una emoción colectiva; detrás de cada selección, un país intentando contarse a sí mismo.

En el contexto actual colombiano la Selección tiene un significado especial. En una sociedad atravesada por la polarización, la desconfianza institucional y la fatiga del conflicto verbal permanente, la camiseta amarilla conserva una potencia afectiva difícil de reemplazar. La usan quienes piensan distinto, quienes viven en regiones distantes y quienes han sufrido el país de maneras diversas. La Selección no borra las diferencias, sin embargo, logra algo que la política pocas veces consigue: suspenderlas por un instante.

Ese instante no es menor. Alrededor de un partido se reúne la familia, se reactivan conversaciones, se comparte la mesa, se abraza al desconocido y se grita un gol en una sala, una tienda de barrio, una oficina o una plaza pública. El fútbol crea una pedagogía emocional de la unidad. Nos recuerda que la nación se construye con normas, instituciones y discursos, y además con símbolos capaces de producir reconocimiento mutuo.

El fútbol crea una pedagogía emocional de la unidad

En tiempos de fragmentación esos símbolos son reservas morales de unidad. Aunque no resuelvan los problemas de seguridad, pobreza, corrupción o desigualdad, permiten reconocer que todavía existe un “nosotros” posible. Colombia necesita reconstruir confianza, y ese proceso empieza por admitir que ningún proyecto de país puede levantarse sobre el desprecio del otro.

El Mundial, entonces, puede ser leído como algo más que una fiesta deportiva. Es una oportunidad para observarnos como sociedad. ¿Qué nos une cuando no estamos discutiendo? ¿Qué símbolos seguimos respetando? ¿Qué emociones compartidas sobreviven a la polarización? ¿Qué país se revela cuando rueda el balón y, por un instante, volvemos a mirarnos como parte de una misma historia?

A propósito del Mundial, Colombia debería entender que los símbolos compartidos no son adornos patrióticos ni mercancías emocionales. Son puntos de encuentro. La Selección no pertenece a una sola Colombia: en ella caben nuestras regiones, generaciones y esperanzas. Es de todos los colombianos que, incluso en medio de sus diferencias, todavía encuentran en una camiseta, un himno y un gol la posibilidad de sentirse parte de una misma historia.

El reto es no desperdiciar esa lección. Cuando un balón logra reunir lo que tantos discursos separan, quizá la pregunta no sea qué hace el fútbol por Colombia, sino qué puede aprender Colombia del fútbol: jugar en equipo, respetar las reglas, reconocer al adversario y entender que ninguna victoria verdadera se consigue cuando el país se rompe en la cancha.

Publicada en: https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/jimmy-bedoya-ramirez-a-proposito-del-mundial-IB37635629

Jimmy Bedoya-Ramírez
Jimmy Bedoya-Ramírez

Escritor y columnista en asuntos relacionados con seguridad pública, defensa y geoestrategia.

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