Un cisne negro es un evento subestimado por los sistemas de decisión, pero capaz de producir un impacto desproporcionado que desborda explicaciones, protocolos, consensos y pone en evidencia la fragilidad de la institucionalidad. La pandemia, los colapsos financieros o crisis políticas que nadie vio venir son ejemplos de esta clase de eventos; aunque a posteriori admitimos las señales. En un año electoral, los cisnes negros no suelen anunciarse con tanques ni con estados de excepción. A veces llegan como un mensaje, un rumor, una imagen falsa, una chispa.
En Colombia, 2026 no será solo una contienda por el poder, la confianza pública estará en vilo. El primer posible cisne negro es una crisis de legitimidad electoral detonada por la denuncia de un fraude no probado y su efecto devastador en la percepción: cuando una voz con capacidad de arrastre declara ilegítimo el resultado antes de que la institucionalidad termine de hablar. ¿Cuánto tarda la duda en propagarse cuando la confianza ya estaba erosionada? Minutos. ¿Cuánto tarda la verdad en recomponerse? Días, años o nunca. En esa asimetría se juega la estabilidad.
El segundo posible cisne negro es una violencia focalizada de alto impacto simbólico: un atentado contra otro candidato presidencial en plena campaña. No sería una guerra generalizada, sino un golpe quirúrgico al corazón emocional del proceso. La historia enseña que estos hechos no paralizan solo a las víctimas, paralizan el debate, endurecen posiciones e incitan a decisiones bajo miedo. El efecto no se mide en número de víctimas, sino en la redefinición abrupta del clima político.
El reto es claro y exigente: ¿seremos capaces de cuidar la democracia cuando algo inesperado intenta quebrarla? La respuesta está más allá en las urnas, está en la calidad de nuestras decisiones colectivas antes, durante y después del día decisivo.
El tercer posible cisne negro se despliega en el territorio más volátil de nuestro tiempo: la información. Un colapso informativo por desinformación masiva, amplificado por IA, durante la jornada electoral o en la transición del gobierno con audios y videos con altas técnicas de edición para hacerlos pasar como verosímiles, además de documentos apócrifos difundidos con precisión quirúrgica. El problema no es la tecnología, sino el tiempo: cuando la mentira llega primero y la corrección se tarda. ¿Qué ocurre si millones de personas toman decisiones políticas —o salen a la calle— antes de que la verificación sea efectiva? Sucede lo que ya hemos visto: mercados que caen, calles que arden, instituciones que corren detrás del relato.
El cuarto posible cisne negro es un estallido social reactivo y espontáneo no convocado por organizaciones tradicionales, sino gatillado por una mezcla de percepciones: ilegitimidad, inseguridad o un shock económico puntual. No tiene liderazgo claro ni pliego de peticiones coherente, impulsado por la rabia, el cansancio y exacerbado por las redes sociales. Es el tipo de evento que descoloca al Estado porque no hay con quién sentarse a negociar ni consigna que desactivar. La chispa puede ser pequeña, el incendio, no.
El mayor riesgo de 2026 no es técnico ni jurídico, es narrativo. No es solo cómo se vota, sino cómo se interpreta lo que ocurre y quién logra imponer sentido en las primeras horas. La democracia contemporánea no colapsa únicamente por fallas institucionales, colapsa cuando la ciudadanía deja de creer que las reglas sirven para resolver conflictos sin violencia. En ese punto, cualquier cisne negro encuentra terreno fértil.
¿Qué hacer, entonces? Anticipar no es adivinar. Es preparar la mente colectiva y fortalecer la pedagogía electoral, blindar la comunicación pública con protocolos de verificación rápida, entrenar a las instituciones para hablar con una sola voz cuando todo tiembla, y exigir liderazgo político con una ética mínima de contención. También implica corresponsabilidad ciudadana: pausar antes de compartir, dudar antes de acusar, exigir pruebas antes de incendiar.
Colombia necesita madurez estratégica. Los cisnes negros no se evitan del todo, pero sí se amortiguan cuando existe confianza, liderazgo y sentido de país. El reto es claro y exigente: ¿seremos capaces de cuidar la democracia cuando algo inesperado intenta quebrarla? La respuesta está más allá en las urnas, está en la calidad de nuestras decisiones colectivas antes, durante y después del día decisivo.
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