Iván Cepeda representa una continuidad del experimento político que prometió transformar el país con una aparente superioridad moral, y por el contrario, ha actuado desde la confrontación, la improvisación, la corrupción, y la incapacidad de convertir el discurso en gobierno. Su candidatura es la misma épica de redención, de narrativa de buenos contra malos, de promesa de cambio histórico sostenida más en la fórmula del “espejo retrovisor” que en la administración responsable del Estado. Su programa se presenta bajo la idea de “El Poder de la Verdad” y como una apuesta por “profundizar el cambio histórico”, lo cual confirma que su aspiración es ampliar un modelo que ya ha fracasado en otros países por su propia incompetencia y corrupción.
Iván Cepeda no merece ser presidente porque uno de los riesgos en su discurso es que instala la idea de que solo ciertos sectores encarnan la justicia, solo ciertas víctimas merecen visibilidad y solo una orilla posee autoridad moral para interpretar la historia. Esa es una falacia ideológica peligrosa: reduce la complejidad nacional a una división entre redimidos y culpables, entre pueblo virtuoso y adversarios sospechosos. Cuando la verdad deja de ser un bien común y se administra como propiedad política, la democracia se empobrece y el poder empieza a actuar más como un tribunal que un proyecto nacional; la historia ha demostrado que esa vía lleva a la persecución, muerte y destrucción.
Cepeda comparte con Petro una visión profundamente conflictiva del poder. Ambos han construido liderazgo desde la confrontación, desde la épica personal y desde la sospecha hacia quien piensa distinto. Esa forma de hacer política es útil para agitar una plaza, o interpelar a las élites, pero es limitada para presidir una nación fracturada con economías criminales en expansión y territorios disputados por actores armados; instituciones fatigadas; corrupción rampante; y ciudadanos cansados de que les prometan revoluciones mientras la vida cotidiana sigue marcada por desempleo, encarecimiento de la canasta familiar, inseguridad, extorsión, y miedo. Iván Cepeda no merece ser presidente porque Colombia quedaría atrapada en otro ciclo que entiende el poder más como combate ideológico y revancha que como responsabilidad de Estado.
Iván Cepeda no merece ser presidente porque su silencio selectivo frente a la muerte recurrente de miembros de la Fuerza Pública revela una grave asimetría moral, algo peligroso en un comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y la Policía. Un país no puede ser gobernado por quien se conmueve solo ante unas víctimas y guarda distancia frente al dolor de soldados, policías y sus familias, como si el uniforme les negara humanidad. Además, en materia de seguridad, sus propuestas parecen más cercanas al desmonte simbólico de la autoridad que al fortalecimiento real del Estado: mucha sospecha sobre la Fuerza Pública y poca comprensión de que sin control territorial legítimo, inteligencia estratégica, justicia eficaz y respaldo a quienes protegen a la Nación, no hay democracia posible.
El reto ciudadano es no dejarse seducir por nuevas épicas redentoras: Colombia necesita un gobierno que administre con responsabilidad y le devuelva el futuro a la Nación.
A esto se suma su histórica indulgencia frente al régimen venezolano, que ha destruido instituciones, libertades y dignidad ciudadana, así como una postura ambigua frente al ELN, organización que sigue golpeando territorios, comunidades y miembros de la Fuerza Pública. Mientras Colombia necesita claridad democrática frente a las dictaduras y firmeza institucional frente al crimen armado, ciertos sectores de la izquierda prefieren mirar estos fenómenos con cálculo ideológico antes que con sentido de Estado.
La Presidencia no es una curul ampliada ni una audiencia pública permanente. Gobernar exige algo más difícil que tener razón: exige decidir, unir, ejecutar, corregir, escuchar y responder por resultados. Exige entender que el Estado no es una trinchera, ni la Casa de Nariño un escenario de ajuste ideológico. Un presidente no gobierna solo para sus seguidores o sus causas, gobierna también para quienes desconfían de él, para quienes lo contradicen y para quienes no caben dentro de su relato. Gobierna sin divisiones de “pueblo”.
El país debe preguntarse si quiere otro liderazgo mesiánico o un verdadero jefe de Estado. La experiencia reciente demuestra que la aparente superioridad moral no construye carreteras, no derrota al crimen organizado, no mejora por sí sola la seguridad ciudadana, no garantiza inversión, no administra hospitales, no garantiza los medicamentos, no fortalece la justicia y no devuelve automáticamente la confianza en las instituciones. La política de las grandes palabras emociona, sin embargo, la Nación se sostiene con carácter, método, equipos competentes por su preparación técnica y académica, además de un sentido de realidad.
Iván Cepeda no merece ser presidente porque representa la continuidad de un modelo que ha fracasado allí donde ha pretendido reemplazar la gestión por ideología, la institucionalidad por relato y el gobierno por confrontación permanente. Colombia necesita seguridad, autoridad legítima, desarrollo, reconciliación práctica y liderazgo integrador. No requiere otro presidente convencido de que la historia lo absolverá, sino uno capaz de gobernar el presente con responsabilidad. El reto ciudadano es no dejarse seducir por nuevas épicas redentoras: Colombia necesita un gobierno que administre con responsabilidad y le devuelva el futuro a la Nación.




