El gran perdedor

Las elecciones suelen dejar una fotografía inmediata: quién ganó, quién pasó a segunda vuelta, quién quedó por fuera y quién empezó a negociar su futuro político. Sin embargo, detrás de esa imagen visible hay otra más profunda: la del país que habló. Esta vez Colombia no solo votó por candidatos, la elección estuvo basada en la frustración, la inseguridad y la incertidumbre. Por eso, aunque Abelardo de la Espriella haya encabezado la primera vuelta con el 43,74% de los votos e Iván Cepeda haya alcanzado el 40,9%, resultado que conduce a ambos a disputar la segunda vuelta, el gran perdedor de la jornada no estaba formalmente en el tarjetón. El gran perdedor fue Gustavo Petro.

No se trata de una afirmación ligera ni de una celebración partidista. En democracia el voto es un acto de adhesión; aunque también una forma de evaluación. A veces el ciudadano elige por esperanza, otras por miedo, algunas por identidad y muchas por agotamiento. La primera vuelta presidencial reflejó esto último. Fue, en buena medida, un referendo silencioso sobre un gobierno que llegó al poder con promesas de cambio, reconciliación y transformación, pero que terminó atrapado entre la confrontación permanente, la baja ejecución, la inseguridad creciente, la corrupción y la incapacidad de convertir el discurso ideológico en resultados sostenibles.

Petro perdió porque su gobierno estuvo presente en la campaña en cada acto de gobierno, en cada nombramiento cuestionado, en cada decisión políticamente calculada, en cada reclamo por la extorsión, en cada comerciante intimidado y en cada región donde la llamada “paz total” fue percibida más como repliegue deliberado del Estado que como construcción de autoridad legítima. ¿De qué sirve prometer paz si el ciudadano siente que el miedo volvió a entrar en su vida cotidiana? ¿De qué sirve hablar de justicia social si la confianza económica se deteriora y la inversión se paraliza ante la incertidumbre?

Si el gran perdedor fue Petro, la opción menos viable para corregir el rumbo difícilmente puede ser su propio candidato.

El gobierno de Petro perdió porque la intención de su sucesor de ganar en primera vuelta evidenció que el estilo de gobierno del presidente ha contribuido a la polarización de la ciudadanía. Un gobierno que confunde deliberación con agresión se atrinchera en sus seguidores y desestima a la Nación. Esa es quizá la derrota más profunda del petrismo: haber prometido ampliar la democracia y terminar reduciéndola a una lógica de buenos y malos, de pobres y ricos, de pueblo y antipueblo, el viejo discurso de la división que tanto le ha servido a Petro y sus partidarios.

También perdió su narrativa. La costumbre de acomodar la historia a su favor y presentarse como el único dueño de la razón se estrelló contra una realidad más exigente: gobernar no es sostenerse en la indignación, sino demostrar capacidad para gestionar, corregir y producir resultados que mejoren la vida de los ciudadanos. La seguridad no se recupera con consignas; la economía no crece si se sospecha de quien debería ser un gran aliado, el sector privado; y la institucionalidad no se fortalece si se la tensiona todos los días desde el propio poder. La ciudadanía puede tolerar errores, pero difícilmente perdona la soberbia.

Ahora bien, contrario a lo que pretende insistir el presidente, el resultado no debe leerse como una autorización para dividir más al país, sino como una invitación a unirlo alrededor de una opción capaz de recuperar la confianza, ordenar la seguridad, respetar las instituciones y convocar más allá de sus propios votantes. Colombia necesita un liderazgo sereno, firme y democrático, que entienda que ganar una elección no basta: hay que reconstruir Nación. Las urnas evaluaron al poder, pero la segunda vuelta tendrá la responsabilidad de abrir un nuevo camino.

El mensaje fue claro: si el gran perdedor fue Petro, la opción menos viable para corregir el rumbo difícilmente puede ser su propio candidato. Colombia no está llamada a prolongar el mismo modelo con otro rostro, sino a abrir una etapa distinta, con liderazgo serio, autoridad democrática, resultados medibles y responsabilidad histórica. El verdadero cambio, esta vez, no consiste en insistir en lo que fracasó, sino en gobernar mejor y para el pueblo entero.

Jimmy Bedoya-Ramírez
Jimmy Bedoya-Ramírez

Escritor y columnista en asuntos relacionados con seguridad pública, defensa y geoestrategia.

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