Hay frases que hieren por el significado que esconden. “Voto decente” es una de ellas. En boca del petrismo, y en la campaña de Iván Cepeda, esa expresión, sacada a última hora como un salvavidas frente a los anteriores resultados electorales, no suena a llamado ético, sino a confirmación de la aparente superioridad moral que ha sido escudo del petrismo. Como si millones de colombianos que piensan distinto fueran menos dignos, menos sensibles o conscientes del país. Como si votar contra el desastre fuera una forma de indecencia.
La pregunta es inevitable: ¿con qué autoridad se habla de decencia después de un gobierno marcado por más de 90 escándalos documentados en todo el periodo de gobierno? No se trata de errores menores ni de simples tropiezos de gestión. Para el petrismo decencia es: la UNGRD y los carrotanques; Nicolás Petro y los dineros que terminaron en la sombra de la campaña; los audios de Benedetti y los famosos $15.000 millones; los topes electorales investigados; Euclides Torres; el Pacto de La Picota; Papá Pitufo; Laura Sarabia “castigada con la embajada en Londres”, el polígrafo a Marelbys Meza, las chuzadas y la muerte aún dolorosa del coronel Óscar Dávila.
¿Eso es lo que ahora pretende envolverse en la palabra decencia? Aparte de la gravedad de la lista, la situación empeora con el cinismo con el que se quiere pasar la página. Se habla de voto decente mientras la “paz total” dejó territorios más solos, grupos armados ilegales robustecidos y comunidades más vulnerables. Ahí está también el falso cese al fuego con el ELN, el secuestro del padre de Luis Díaz, las retenciones de militares, la caravana de la UNP con alias Calarcá, los archivos de Calarcá, los gestores de paz, el aumento del secuestro, la extorsión y el récord histórico de cultivos de coca. Cuando el Estado se doblega ante el crimen, la gente no vive en paz: vive con miedo.
También se habla de decencia mientras la salud se volvió angustia cotidiana. El caos del magisterio, el desabastecimiento de medicamentos, el Invima paralizado, la intervención de Sanitas, la crisis de la Nueva EPS y el nombramiento de Daniel Quintero en la Supersalud muestran que el “discurso social” se recuesta en la corrupción y los ciudadanos se agolpan en filas, tutelas, citas negadas y familias desesperadas.
El voto realmente decente será el que no se deje chantajear por etiquetas
Y como si fuera poco, ahí están la pérdida de los Panamericanos, los líos de pasaportes, la baja ejecución, el golpe a la confianza energética, Ecopetrol, la CREG, los ataques al Banco de la República, la presión sobre la justicia, RTVC convertido en tribuna oficial, los insultos a periodistas, el aumento misterioso del patrimonio de las amigas del presidente, los desplantes internacionales y la incomodidad selectiva frente a dictaduras amigas como Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Por eso, esta etiqueta de voto decente del petrismo y Cepeda indigna. Porque no busca unir, sino señalar. No invita a pensar, sino a instrumentalizar. No reconoce errores, sino que pretende cubrirlos con una superioridad moral que ya no convence. La decencia no consiste en decir se vota por la vida ¿de quién? ¿De los grupos narcotraficantes, de los financiadores en las sombras, de los corruptos? La decencia es responder por los hechos, cuidar los recursos públicos, respetar las instituciones, proteger a los ciudadanos y no usar el poder para perseguir, dividir o justificar lo injustificable.
Y ahora aparece una advertencia aún más grave: si Cepeda pierde, “el país se va a incendiar”. Lo dijo Carlos Carrillo, exdirector de la UNGRD y hoy cercano a esa campaña, y casi al mismo tiempo, a unos días de la segunda vuelta, el Gobierno expidió un decreto para suspender operaciones militares y policiales contra integrantes de la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano en Putumayo. Esa coincidencia no puede pasar inadvertida: el llamado voto decente empieza a parecer voto presionado por el miedo, no decisión libre por convicción.
Colombia no necesita que el petrismo le diga cuál voto es decente. Necesita ciudadanos libres, con memoria y carácter, capaces de mirar de frente lo que pasó. El voto realmente decente será el que no se deje chantajear por etiquetas, el que no acepte que la moral sirva para maquillar el fracaso y el que entienda que amar al país también significa decir basta.




